EN EL RÍO PISUERGA
Cautivo estoy de vuestra hermosura, campos de Palencia en lejanía, esteparia tierra, gris y fría donde vuela el cuervo mayestático sobre las agujas de tus Catedrales. Campos de Palencia tierra de pan que nunca vieron tus manos. Lágrimas de nieve sobre tu tejado, en donde duerme el invierno su cansancio y mitiga su soledad el campesino, mirando que la tierra no se mueve y chirría el viento en el arado. En ti veo tu grandeza pasada de la estirpe castellana por tu suelo, de cocinas vacías y de pucheros y de siegas que otras manos se llevaron. Hay huellas de tus pasos sobre las piedras dormidas, blanquecinas, que lloraron… Rumores junto a la margen silenciosa verdiazul de los mimbrales de tu río Pisuerga caudaloso. Desde el puente nos entretuvimos tirándote piedras que contábamos: una, dos tres, cuatro… Pasaba el peregrino, iba solo por la carretera; viejos que paseaban: -Buenas tardes: ¿De paseo? -Paseando. Dios les guarde. Me cogió la mano, estaba fría, su bufanda me unió a su calor, me reía, los dos unidos a unos hilos sólo eso ¡qué poco y cuánto! hacía frío en las tardes de diciembre. La nieve entre los zarzales y en las márgenes en que el sol se hace querer se derretía. Me miraba, jugaba con sus piedras la niña a ve en cuál de ellas eran más bonitos los colores. ¡Hoy descubriré algo nuevo! Pero se quedó helado el deseo. Pasan los coches. Ponte aquí, Otelo. En el pueblo del silencio, sólo un niño jugaba a la pelota y un perro que ladró a nuestro paso… Pobre niño que tienes a la soledad de compañero. Ella, sentada en la fuente que gotea en la plaza inacabada y desierta. Tras los cristales, un viejo que nos mira. Nos volvemos, ya es tarde… Pueblos de Palencia, pequeños pueblos, vuestra soledad me entristece. Pero qué alegría volver de nuevo a tu Convento de Santa María de Mave,* al calor del hogar, en la sala desierta, en un gran silencio que me envuelve. Leo.
MARCELINO ARELLANO ALABARCES de su libro “Poemas del amanecer” Mave, pequeña aldea de Palencia.
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