EL ARRIERO
P asaba el arriero con su burro, por los caminos abrasadores del campo y, casi siempre, lo veía serio y ausente en con sus pensamientos. Llevaba la cara cubierta de polvo y sudor. De cuando en cuando, saludaba a los que cruzaban por su lado con un “vaya usted con Dios”, y seguía su camino hacia lejanos horizontes de fatigas y cansancio. Se movía sobre el jumento a veces casi en un equilibrio, con los movimientos que hacía el animal al andar, mientras fijaba su mirada en los rastrojos amarillos recién segados al borde del camino. Otras veces, en un alarde de malabarismos lo veía con sus manos sarmentosas, sacar la petaca y liar un cigarro que, con gesto religioso llevaba a sus labios prendiendo fuego, casi siempre, con un mechero de yesca, aspiraba profundamente el humo y hostigaba al burro a que apresurase el paso que, cansino y monótono, iba buscando el sitio más adecuado para apoyar sus patas. Por la tarde regresaba al pueblo, esta vez, andando delante del animal, pues el jumento volvía casi siempre cargado de soles para el hogar. Las matas de maíz brillaban con los últimos rayos solares y la hierba fresca ondulaba en los huecos del serón, junto a las frutas y hortalizas que, momentos más tarde recogerían las manos doloridas y tejedoras de la mujer. Una vez descargado el burro y quitado el aparejo, se le daba agua y pienso, normalmente paja y algarroba, otras, las pocas, cebada. El jumento comía la ración de paja preparándose para la jornada del día siguiente, que de nuevo marcharía por los pedregosos caminos, sin poder quejarse, solitario, trabajoso, dirigido al capricho de su amo, hacia las lágrimas infinitas de los días. Mientras, el dueño coronado de rey del hogar, lavará su cansado cuerpo en una “jofaina”, que con manos temblorosas, habrá puesto la mujer con una sonrisa forzada de mártir de una circunstancia, disconforme, pero aceptada con resignación. Preparará la comida a su hombre, comiendo en silencio, roto a veces por los niños que, jugando por ahí, romperán el silencio. Una vez cenado, ceremoniosamente liará un cigarro y una vez prendido, se lo llevará a los labios en un gesto autómata y, poniéndose en pie, mirará a la mujer diciéndole sin fijar en ella la vista “me voy a acostar. No tardes”. La esposa lo mirará en silencio y, pasándose las manos por la cara, retirará de ella varios cabellos que empiezan ya aponerse blancos. Instintivamente desliza su mano por sus pechos malva, rotos, agrietados los pezones de tanto amamantar niños que bebieron hebras de estrellas y, en un gesto de coquetería se mira al espejo, reflejándose una imagen todavía con rasgos bellos que el trabajo y las preocupaciones no han borrado del todo. Cogiendo el peine en un gesto cansado se lo va peinando, mientras unas lágrimas ruedan por los surcos de la cara, sin maquillaje, marchando con paso lento al tálamo de hielo. EL JORNALERO
E n mi pueblo, allá por los años 50-55, siendo yo todavía un muchacho de pantalones cortos y con más intuición que sabiduría, recuerdo sobre todo los meses de invierno, quizás por eso de la soledad más pura del campo y una cierta tristeza de las gentes que, con andar apresurado iban por las calle con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones raídos. Al principio de la calle en que yo por aquellos años vivía, había una barbería cuyo dueño era conocido como “Antonio el barbero”, un local de tertulia, donde nos guarecíamos del frío de la calle y oíamos a los mayores contar cosas que la mayoría de las veces eran sorprendentes para mí. Un día escuché a un señor venido de fuera, que estaba guardando turno para afeitarse comentar: “Pues sí, señores, les aseguro que lo es. Lo cuento a ustedes de primera mano. Un hermano de un amigo mío que está de maestro en una Universidad de California, lo ha contado delante de mí, por lo que es verdad”. “Hay que ver –contestaron varios hombres de los allí congregados- “a dónde vamos a llegar, ver a las gentes a trabes de una radio”. Siguió la conversación por otros derroteros, y yo, en un rincón de la barbería escuchaba en silencio. Tenía ya los pies calientes y marché a la calle, tratando de no meter de nuevo mis abarcas en los charcos de agua que, quedaban entre las piedras. Corrí calle arriba llegando a mi casa, sentándome delante de la chimenea, dejé fuera de la puerta la guadaña del hambre, haber si se congelaba. Otras mañanas me iba yo, observador de la vida profundamente abierta y dolorosa ante mi vista; a la puerta de la cárcel, que siempre estaba vacía, salvo cuando en ella por cosa de poca monta, había algún inquilino durante unas horas. Allí se concentraban los jornaleros con la esperanza de que los contrataran para trabajar. Eran hombres delgados, con los pantalones y chaqueta remendado, las boinas o gorras caladas, tratando de mitigar el frío. Serios de miradas tristes y profundas, doloridas. Les contemplaba tratando de leer en sus miradas. Qué incógnita, qué interrogante brillaba en las pupilas de sus ojos. La mayoría de los jornaleros, eran gente pobre. Lo más, eran pobres de solemnidad, lo máximo que tenían era, una pequeña y vieja casa y unas herramientas para trabajar. No disponiendo posiblemente ninguno de ellos de un trozo de tierra en propiedad. Eso sí, unas manos encallecidas para usarlas cuando había trabajo. Eran sus manos el único instrumento válido para poder llevar un trozo de pan a sus hijos que acurrucados junto a la mujer, tiritaban de frío. Casi desnudos y descalzos, adorando la mayoría de las veces un trozo de pan duro, comiéndolo despacio para que durara más. Una mañana, bastante tarde y cuando los terratenientes habían alquilado a la mayoría de los hombres para trabajar, reparé en uno que quedaba sólo y triste, esperando todavía que llegara alguien y lo contratara para trabajar. Y si así era, ese día habría esperanza de pan para los niños y un plato de sopa que llevarse al estómago. No importaba que él, casi no comiera, soportando un vacío inmenso en el alma, sintiendo las gotas de sudor frío correr por su encorvada espalda, de endeble. Saltando el palo del “gancho” en sus manos curtidas, martirizadas, agrietadas por el frío. ¡Qué grito contenido a cada golpe sobre la tierra! ¡Qué rugido de rabia en el pecho! “¡Esta tierra que no es mía y, que me va matando día a día, que me hunde más y más en ella, convirtiéndome en raíz que me va llevando hacía el fondo! ¡Tú no darás grandeza nunca a estos pies que te pisan con desprecio! ¡Yo te labro, te mimo, te beso con todos mis huesos, te estoy regando día a día con mi sangre y voy cavando a cada minuto mi fin hacía tu abismo!”. “¡Te siento vibrar en los terrones que desmenuzan mis manos y no eres mía. Yo te doy mi vida, te doy día a día, minuto a minuto, mi sudor de hombre abatido y no tengo nada, solo me das zarza que rompen mis dedos, aullido telúrico a mi espalda y viento silbante que de tanto mirarte, olvidé mirar a las estrellas!”. Qué inquietud para aquel hombre, cuando los patronos pasaban delante de él y contrataban al compañero, viendo pasar el tiempo. Iba quedándose sólo, qué expectativa de silencio a su alrededor germinaba, qué dolor subía por sus pies hasta el estómago. Otro día más –pensaría- sin trabajar. ¿Y los niños? ¿Y la mujer?, esperando con el delantal frío. ¿Y la medicina para el pequeño? ¿De dónde sacaré el dinero? Ese sí, ese patrón que viene me contratará, me conoce, sabe que tengo hijos, sabe que tengo que trabajar para alimentarlos. Verá mis ojos que suplican, que una tormenta pasa por mi frente y mi corazón bombea y galopa la sangre por todo mi cuerpo hasta la cabeza. Viene hacia mí, ¡no!, se detiene, está hablando con otro. No puede ser, yo iré a su encuentro, yo le pediré, le suplicaré trabajo. ¿Y el orgullo? ¿Y la dignidad?, pero la mirada de hambre de los niños, la mesa vacía y la olla de barro dormida en la despensa. ¡No!, tiene que ser hoy, voy a pedirle trabajo, yo no pido limosna. No, para ya viene, me mira con sonrisa altiva”. “Vete a la Mojonera , que yo iré allí con otros jornaleros”. Musitó algo, no se que fue o, sólo movió los labios dando las gracias que se ahogó en su pecho. Aún estuvo allí unos minutos parado sin poder moverse. “Hoy habrá pan –pensaría-, habrá esperanza, habrá ilusión que compartir. Hoy sonreirá la mujer. Abrirá la despensa aunque sólo sea para poner un deseo oculto de madre desesperada. El jornalero sin apenas comer, cogerá la talega y su herramienta, marchando por la calle, por los caminos al trabajo. Altiva la cabeza, sacando el pecho de soles, robusto y gritando para sí, “¡hoy tengo trabajo! Con una mirada especial en los ojos, mirará al cielo diciendo “¡Dios mío, que hoy no llueva!” Mientras en la casa, una mujer que aún es bella, se pondrá a coser la ropa, pero sin darse cuenta, solo coserá las lágrimas.
Marcelino Arellano Alabarces Publicado el día 26 de agosto del 2002
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