CALLE ALCAICERÍA

 

C ercana a la Catedral granadina en una madeja de calles y callejuelas, en donde un mar de gentes de todas las nacionalidades y en una mescolanza de idiomas y razas, pasean los turistas asombrados de contemplar la fachada ciclópea de la Catedral y admirado de la belleza indescriptible de sus calles.

Entre los callejones hay una llamada de la “Alcaicería”. Quedándose uno empequeñecido por su belleza, por su misterio y su duende. Entrar en ella es retroceder con un poco de imaginación al siglo XIV de nuestra era. Esta pequeña calle llena de tiendas de artículos de regalos, en donde se ofrecen a su venta los más variados obsequios, marroquinería y, objetos bellamente labrados –dicen de un pasado lejano pero cerca en el alma de la calle-, cajitas de maderas árabes, cristales de filigranas, dorados en donde los rayos del sol hacen saltar de ellos reflejos segadores.

Esta calle tiene un duende que de noche, hace que suenen todas las campanas de la Catedral , en una sinfonía que no acaba nunca. Los vecinos no duermen en toda la noche y, por la mañana en la plaza del Mercado todos comentas el misterio –y se preguntan maravillados, las campanas de la Catedral tocaron en la madrugada-.

Un río humano anda de un lado a otro por la Alcaicería , mirando los escaparates en cuyo interior misterioso hay fantasmas que ofrecen lámparas mágicas y elixir de amor para todos. Unos japoneses hacen cientos de fotografías para llevarse a sus casas el misterio y embrujo de Granada.

Esta calle que guarda de su hechizo reminiscencias de aquella época en que era bazar árabe y las andalusíes de Granada, bellamente vestidas de sedas y alhajas, iban a comprar especias y aceites, seguidas de sus criadas, en un mundo perdido, escondidas en finísimos velos, donde unos ojos morenos, rajados y bellísimos, sonreían a sus amantes que apostados en las esquinas, esperaban su llegada, una mirada sugerente indicaba donde se verían a escondidas de vistas inoportunas.

Nunca me cansaré de andar por esa calle. Entrar en ella es para mí una sensación de retroceso. Sus columnas de mármol dan una fragilidad y una sensación de que van a romperse y no obstante llevan sujetando el cielo de las casas siete siglos.

Sus casas se asemejan mucho –aunque restauradas-, a las que habitaban los moriscos y los judíos. Las filigranas de sus estucos, son encajes bordados sobre escayola y, en ellas hay oraciones escritas del Corán y mensajes secretos de enamorados.

Son estas y otras calles colindantes, calles perfumadas por el sándalo. Calles siempre en penumbra, donde el sol pelea para poder pasar sus rayos por las celosías de sus casas.

¿Cómo sería en aquella época de lujo y refinamiento la vida en la calle? ¡ La Alcaicería ! Un enjambre de gentes que iban y venían comprando y vendiendo todo el embrujo de oriente. Con mil olores subyugantes. Los árabes deslizaban sus babuchas por las piedras mientras tiraban de su burro, cargado de hierbabuena, albahaca y de jazmines de su huerta. Se apartaban las damas del Islam, que habían bajado de la Alhambra llenas de sol y volvían cargadas de estrellas.

Dejaros perder vosotros viajeros, olvidar el reloj y el tiempo, aquí en Granada no existe, solo la magia de una Ciudad eterna, romántica y auténticamente misteriosa. Andar por esa calle que se ha quedado eternamente anclada en el pasado, para quedaros cautivados y asombrados, y contemplar un fragmento de un tiempo en que floreció Granada y que fue bendecida por Alá.

Mirar, observar, oler ese olor característico que tienen las calles de Granada, un olor único, como ninguno, es un olor a todas las esencias de los jardines, a torta real, a simbolismo, a canela, a arrayanes y a Genil.

 

MARCELINO ARELLANO ALABARCES

Publicado el día 23 de diciembre del 2002

Pagina Anterior