BARRANCOS DE ÍTRABO
L os barrancos de Ítrabo que circundan al pueblo, los veía con mis ojos de niño, como algo muy especial y llenos de misterios. Eran sitios inaccesibles, morada de culebras y ranas. Dueños de un santuario donde sólo reinaba lo desconocido. Eran barrancos solitarios cuya agua en invierno, tras las tormentas, venían henchidos, alimentados por las barranqueras de las tierras altas. Empujaban como gigantes heridos buscando una salida natural, hacia un mar azul que le diera cobijo. Tronaban sus aguas turbias arrastrando cieno y árboles caídos. Con qué furia pasaba su lengua de muerte por las laderas de sus márgenes, donde dormía quizás en solitario. Gritaba corcel herido cuyas riendas perdidas fustigaban sobre las pequeñas paredes que, manos de viento habían construido en el pasado estío. No paraba en su soledad de muerte, cuando en la seguridad de la distancia, mis ojos de muchacho asustado, contemplaba las olas oscuras que se movían mordiéndose entre ellas. En la cresta de su oleaje terroso, flotaban animalillos en un desesperado intento de soltarse de la cadena húmeda que las llevaba a un final incierto. Se apaciguaba el “río” poco a poco, despacio, dejaba ya olvidado su caminar de lucha, gigante que iba perdiendo la batalla. Camino obligado, donde un mar salado y azul le acogería entre sus brazos eternos. Al otro día cuando salía de casa camino de la Escuela , ubicada en la placeta de la Gringa , novillaba el tiempo en la gramática y sumergiéndome en el barranco más grande y más largo “¡el río!”, que desde Jurite, dando salto sobre el romero y la aulaga, saltaba de piedra en piedra navegando, muy tranquilo, reposado, deslizándose el agua clara por las matas dobladas que, se habían quedado durmiendo en la tormenta pasada. En sus pozas de área dorada brillaba el sol del medio día que pareciendo oro reluciente entre las piedras calcarías del río, poco a poco, se iba convirtiendo en riachuelo perezoso. Ya no era caudal bravo de unas horas, que dominaba el camino de espejo del barranco, convirtiéndose en un río ruidoso y gruñón. Ahora era mío, amigo de aventura y descubrimientos. Era un río cuya corriente cantarina, iba limpiando el cieno que se había quedado herido en las ramas de los mimbrales que cimbreantes por el viento, sacudía su carga de pesares al paso limpio de la sangre blanca que vivificaría y engalanaría de flores las huertas cercanas. Yo niño, que había engañado al día la asistencia al aula pobre y fría de la clase, con ojos admirado y soñadores, contemplaba el despertar majestuoso de una naturaleza aún dormida, vencida, con los juncos metidos en el barro, a las que los sujetaban manos invisibles que tiraban de ellos ahogándolos. Quedaba el barranco limpio y despejado tras de la tormenta. Soñando que aún era río. Pero sólo era barranco. Era el amigo que cantaba en mis oídos de niño, los cantes más bellos del mundo. Cantaban las hojas de los álamos erguidos en sus orillas. Cantaban los eucaliptos con su aire perfumado, los carrizales con sus brazos doblados a tierra esperaban que el sol le calentara, dando vida de nuevo a una naturaleza apagada que, durante unas largas y devastadoras horas, habían sido algas de un río embravecido. Yo seguía mi marcha por el río hasta desembocar en la profundidad del Puente Grande, de donde salía tomando el camino que pasaba por la vega; llegando hasta el pueblo, perdiéndome niño solitario por las calles hasta el colegio, esperando el castigo del maestro por mi falta a clase. Tiritando de frío, con los libros de textos mojados, queriéndose salir los números de ellos, cárcel de lágrimas de mi alma de infancia. Pero llegaba la primavera y ya era todo vida. Una vida vegetal exultante, prodigiosa, verde de savia. Era ponerse en marcha el universo que nuevamente recorría todos los barrancos, caminos, senderos y veredas, ocultos rincones donde unas humildes flores vestirían de alegría un rincón oculto entre la maleza. Entonces sí, caminaba nuevamente por el barranco que más joven, había dejado su ancianidad de invierno camino de un mar de algas y sirenas, donde quedarían varadas en alguna playa solitaria, calentando su cuerpo de marinas olvidadas y olas nostálgicas. Empezaban a cantar pajarillos escondiéndose por los entramados de las zarzas entretejidas, limpiando de mosquitos y pequeños incestos al río que se habría al cielo. Ya empezaban los verderones y cachamarines a hacer sus nidos en los naranjos de los bancales cercanos y, el alcaudón que en los olivos hicieron su nido con pequeñas ramitas y lana que se quedó enganchada en los espinos al paso de los corderos. Verdadera obra de orfebre en el andamio cimbreante de las ramas, mecedoras colgadas sobre el abismo, donde más adelante unos poyuelos gritones e impertinentes, ayudarían con su piar a la orquesta sinfónica de la naturaleza. Mientras sus padres con sus alas de arco iris, revoloteaban sobre las charcas y ribazos buscando semillas para sus glotones estómagos. Qué admiración sentía yo, solitario pasajero por un mundo limpio de maldades, soñando en ser libertador de la niña de trenzas de oro que oculta en una cueva del río tenía el dragón que rugió en invierno, cuando sin piedad, puso cadenas de violencia y ultrajó a la maleza verde, morada de cientos de animales, ranas encantadas que esperaban al príncipe azul que las libertara de su prisión amarga y escondida. Qué sentimientos luchaban en mí, niño romántico, cuyo corazón infantil buceaba en la imaginación de un milagro especial que sólo Dios podía hacer. Me embargaba una serenidad y un deseo oculto de besar las flores, maravillas de colores. Jardines de vida que crecían silvestres bajo las plantas protectoras de un ecosistema especial y maravilloso. Me llevaba el río. ¿Cómo se llama? Nunca he sabido su nombre. No importa. Siempre irá caminando hacia un horizonte de agua que brilla en la lejanía por las estrellas caídas en la noche. Hoy te contemplo de nuevo, los años pasaron rápidos, más que, cuando tú henchido nacías en jurite y navegabas hasta abrazar el mar por Salobreña. Pero mis ojos de tantas lágrimas vertidas en el río doloroso de la vida, te sigue contemplando desde esta terraza de la Ermita , atalaya de paisajes idílicos de los campos de ÍTRABO, con ojos de niño, siento tu llamada de nuevo y mi corazón brinca en el pecho. El aliento eterno de la primavera me envuelve. Oigo el golpeteo trepidante de mi corazón deslizarse sonoramente por las raíces de los juncos, en cuyo tallo se columpia un jilguero guardián de un paraíso verde. Me pongo la mano en el corazón y lo calmo –calla, deja de saltar, serénate-. Aún mis ojos lo miran todo con ojos infantiles. Instintivamente cierro los ojos y veo de nuevo al muchacho que faltaba a la escuela, andando solitariamente y entrando en la mansión maravillosa de la naturaleza. Mientras, en el balcón abierto de la Ermita , me quedo con mis años de otoño.
Marcelino Arellano Alabarces Publicado el día 6 de mayo de 2002 |
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